sábado, 19 de enero de 2019

Cartas 35 y 36, Oportunidad y Redención

EL PRINCIPIO DE OPORTUNIDAD
Por Magdalena Reyes Puig

¿Quién no aprovecharía la oportunidad de redimirse?
Paul Auster

Estimado Leslie,
Nunca dejo de maravillarme ante el hecho de que siempre existe una ocasión para aprender algo nuevo, todo el tiempo y a lo largo de toda la vida.  Así fue como recientemente supe de una figura jurídica particular, aplicada en el Código del Proceso Penal y conocida como “Principio de Oportunidad
El incidente que motivó este descubrimiento sucedió en la rambla de Malvín –uno de los barrios que bordean la costa del Río de la Plata en Montevideo- cuando un hombre tomó una bicicleta ajena y salió corriendo hasta tropezar y caer al suelo, momento en el que fue apresado por unos guardias costeros. El hecho generó cierta controversia cuando la fiscal, aplicando la citada figura jurídica, dispuso la inmediata liberación del eventual ladrón.  El Principio de Oportunidad se puede interponer cuando se dan ciertas condiciones, tales como delitos de poca entidad que no comprometen gravemente el interés público. En declaraciones a la prensa, fiscales y demás especialistas alegan la utilidad de este principio para descongestionar el proceso del sistema penal y poder asignar los recursos de la Justicia a la persecución de los delitos más graves. 
Desde otra perspectiva, sin embargo, el Principio de Oportunidad también puede ser concebido como un recurso que ofrece a las personas la posibilidad de retractarse y evitar, así,  la reincidencia en futuros comportamientos ofensivos. En efecto, las faltas pueden ser siempre una ocasión para el aprendizaje como lo advirtió ingeniosamente Vittorio Gassman, “El único error de Dios fue no haber dotado al hombre de dos vidas: una para ensayar y otra para actuar”.  Así, para compensar la imposibilidad de vivir dos veces, el Principio de Oportunidad nos estaría concediendo una ocasión para actuar bien, tras un ensayo malogrado o imperfecto. 
Le confieso que hay en mí una propensión irresistible a recurrir a la etimología para examinar el sentido de las palabras –esta es una tendencia que me ha inculcado Nietzsche- y rastreando el origen de la palabra “oportunidad” descubrí que alude a la idea de apertura, una puerta o abertura (portus) que nos permite salir del lugar en el que nos encontramos colocados. Por esto creo que el Principio de Oportunidad refleja una visión humanista de las condiciones que encuadran nuestro siempre perfectible comportamiento y es, así, claramente justo.  Como bien lo enseñó Aristóteles, la virtud es la racionalización de la parte irracional del alma, su domesticación. No nacemos virtuosos sino que nos vamos haciendo a través del aprendizaje y puesta en práctica de hábitos buenos.  A diferencia de Platón, Aristóteles creía que la moral –y la posibilidad de hacer el bien- no depende únicamente de la teoría, sino que requiere también de la educación que busca introducir la razón en las costumbres y prácticas humanas.  Debemos aprender que no siempre es conveniente satisfacer irreflexivamente nuestros deseos y para esto se requiere la acogida del método de ensayo y error,  la forma de aprendizaje más extendida y natural.  Por eso me gusta creer que el ladrón de bicicletas de la rambla de Malvín aprovechará el beneficio otorgado por el Principio de Oportunidad para reflexionar y comprender que robar no es precisamente el camino que conduce al bienestar y la felicidad. 
Pero igualmente entiendo el carácter harto optimista -hasta ingenuo, podría aducirse- de mi presuposición. Porque en vistas de las condiciones que hacen a nuestra realidad actual, lo más congruente sería presumir que el susodicho malhechor interpretó su inmediata liberación como una forma de “salirse con la suya” y que seguramente reincidirá en la intención de cometer otro delito.  En una sociedad aquejada por un exceso de permisividad, la oportunidad puede ser fácilmente confundida con el oportunismo arribista. El ladrón de bicicletas –se dirá, y con cierta razón- difícilmente advertirá la salida, porque es muy probable que carezca de las herramientas necesarias para reflexionar y comprender que su comportamiento no es bueno ni justo. Así,  estará condenado a ser uno más en la lista cada vez más dilatada que sigue a la pregunta formulada por Auster en el epígrafe de esta carta.  Pienso que esto es ciertamente funesto, y terriblemente injusto.  



Respuesta de Leslie Ford, del Trinity College, en Oxford, a Magdalena

LADRI DI BICICLETTE

Casi siempre que se me ocurre algo interesante,  inmediatamente caigo en la cuenta de que Chaplin o René Clair ya la hicieron antes que yo.
Vittorio De Sica

Querida Magdalena:
¿Recuerda usted el film que da título a esta respuesta mía? En una época, era considerado un clásico del cine, pero es difícil que hoy alguien (no siendo usted) recuerde su mera existencia, en un mundo en el que, de las cinco películas más vistas en 2018,  hay cuatro de superhéroes y una de dinosaurios. Digamos brevemente su argumento. 
En la post-guerra romana a Antonio Ricci le roban la bicicleta que es esencial para realizar su trabajo de pegar carteles publicitarios en la vía pública. Después de buscarla por muchas partes, casi atrapar al ladrón y consultar adivinos estafadores, Antonio va por la calle acompañado por su hijito Bruno y, desesperado, intenta robar otra bicicleta. La cosa parece fácil pero no lo es: una multitud lo persigue y lo alcanza, y Antonio sólo se libra de ir a la cárcel por los ruegos y los llantos del pequeño Bruno. Como en muchas películas de De Sica, cuando la desesperanza emerge amenazadora y conclusiva, al final es vencida por una sutileza en la que el genial director apenas insiste: aunque todo se ha perdido, o parece perdido, padre e hijo regresan caminando juntos a casa, al atardecer.
Debo al optimismo dogmático de Louis Lush, un buen amigo de mi padre, haber visto Ladri di biciclette, a los 12 años. Esto era típico de Louis, un self made man que se había instruido a sí mismo, sin intermediación de instituciones académicas de ninguna clase. A los 20 años, se dio cuenta de que debía decidir si iba a ser una persona de provecho, o un malandrín: y decidió ser una persona honesta. Pero pensó que para eso tenía que instruirse y leer. En cuanto pudo, fue a uno de esos puestos en donde se venden libros viejos y, revolviendo en el montón, vio un libro que le llamó la atención. Y así compró el Fedro, de Platón -uno de los dos diálogos sobre el amor. ¡De día lo leía, y de noche se lo explicaba a su novia o al pequeño grupo de amigos con los que salía a comer o al cine!… (Los siguientes libros que compró por intuición fueron Un mundo feliz y El lobo estepario). 
Louis me llevó al cine, con su mujer Isabelle, consciente de mi inconveniente juventud, pero confiando en un milagro cultural como el que él mismo había vivido -o mejor, en que el futuro y la memoria me darían, con el tiempo, acceso a lo que, con toda seguridad, aquella tarde se me escaparía por completo. 
Y tuvo razón. La experiencia de ver el film fue para mí ciertamente penosa y aburrida; pero luego llevé conmigo cada fotograma a cualquier lugar adonde he ido. A lo largo de los años he sacado de allí muchas enseñanzas que considero extremadamente útiles. Pero quizás la más importante es que la película no se termina con la caída de Antonio, sino con el regreso a casa.
La vida como regreso es el argumento de nuestras vidas. Y la redención no es otra cosa que volver a casa. Ítalo Calvino ha analizado La Odisea desde esa perspectiva, enseñando las muchas veces que Homero habla de “cantar el regreso”, pero sobre todo, de “no olvidar el regreso”. Como hemos discutido aquí mismo, el Hijo Pródigo no quiere terneros asados, sino volver a casa; en una delicadísima imagen evoca solamente el pan de la casa de su padre.
Por otro lado, la vida no es una película. Pero ese hombre que no pudo robar una bicicleta en Malvín y del que ignoro casi todo, hay algo de él que no ignoro, y es que es mucho más que el acto equivocado que da motivo a su artículo.
Mi madre era una indultadora serial, al punto que no puedo recordar que jamás haya llevado a cabo ninguno de los castigos con que alguna vez nos amenazaba. Mi padre, en cambio, creía en la pedagogía del castigo. No en la posibilidad de la justicia, pero sí en la necesidad de la reparación. Y pensaba que el que se portaba mal tenía derecho a una “paternal amonestación”.
No sé en qué marco aplica el criterio de oportunidad la justicia uruguaya. Muchas supuestas doctrinas humanitarias sólo esconden la pereza social de tener que ocuparse de reformar las vidas torcidas. 
Sin embargo, puedo decirle por experiencia que, para el que ha caído, lo más importante no es el tecnicismo de la pena aplicada u omitida, sino que se camine junto a él y se lo ayude a regresar a casa al atardecer.



sábado, 12 de enero de 2019

Cartas 33 y 34, La conversación sobre el Feminismo y la Opresión

LA NIÑA SIN MIEDO
Por Magdalena Reyes Puig

Esto es lo que pasa con mis ideas: parecen hacerse más fuertes cuando yo me siento más débil.
Saul Bellow


Estimado Leslie,
Me gustaría seguir reflexionando acerca del tema abordado en nuestro último contrapunto. Imagino que conocerá a la Fearless girl,  la escultura de bronce de una niña con gesto desafiante enfrentando al colosal Toro de Wall Street, símbolo de la pujanza y el poder del dominio financiero norteamericano, mayoritariamente masculino. Inspirada en esta sugerente imagen me dispongo a compartir con usted algunos pensamientos acerca del oficio de ser mujer en el mundo de hoy. 
Como casi todo trending topic, el tema de la mujer está saturado de parcialidades ideológicas que tienden a menoscabar la relevancia de esta cuestión tan sensible como fundamental.  La arbitrariedad de la propaganda –aunque consentida democráticamente-  puede ser tan despótica como la censura dictatorial, porque ambas se sustentan en la anegación del juicio crítico en pos de la exaltación de la reacción emocional. Una prueba clarísima de esto es la consigna de que el enemigo más acérrimo de la autonomía de la mujer es la cultura patriarcal, a la cual hay que demoler, sí o sí, para liberar al sexo femenino.  Hace poco un amigo fue públicamente insultado por un par de mujeres a quienes “osó” cederles el asiento en un transporte colectivo.  Así, lo que cunde hoy es un paralelismo ramplón que equipara el abuso o acoso sexual contra la mujer con gestos tradicionalmente interpretados como de “caballerosidad”. Basta con que sea la representación de una costumbre propia de la cultura patriarcal, para que cualquier gesto sea interpretado como oprobioso o humillante - y si acaso alguna mujer no lo siente así, pues seguramente sea una sometida o pusilánime más-. Todo en la misma bolsa: la fórmula más efectiva para la funcionalidad, pero también para el atropello, la ignorancia y la iniquidad. Nada más injusto que tratar a lo diferente como igual. 
Es indudable que la mujer ha sido tradicionalmente oprimida y desestimada. Y la cultura ha tenido una fuerte incidencia en esta realidad.  Toda cultura se basa en mitos fundacionales, narraciones creadas por la imaginación humana que promueven creencias que con el tiempo se consideran verdades, configurando así lo que entendemos por realidad. Y en muchos mitos la mujer es presentada como ignorante, incauta, pecadora o culpable (basta con reparar en los símbolos de Lilit, Eva o Pandora).  Así,  no es extraño que la mujer sea percibida como débil y dependiente: la cultura es dadora de un saber que fluye por los cauces de lo inconsciente, sedimentando creencias y comportamientos que reproducimos mecánicamente. Pero aunque es indispensable examinar críticamente a la cultura, como mujeres no vamos a hacernos más fuertes ni libres quemando el Libro del Génesis o vituperando gestos de simple galantería. Porque el obstáculo más pernicioso y resistente es el que se aloja en nuestra interioridad,  debemos arremeter contra la tendencia a concebirnos como el sexo desvalido. La violencia reactiva –que es prácticamente la regla en las manifestaciones del feminismo que hace más ruido- no será jamás una expresión de fortaleza, sino un síntoma de debilidad. 
A esto refiere un artículo de Gabriel Pereyra publicado en El Observador del pasado fin de semana, que denuncia la ausencia de la educación en el amor en las proclamas del feminismo militante actual. La reflexión de Pereyra me resulta claramente convincente, aunque creo que a su argumento le falta una premisa fundamental: el recurso más sustancial con el que la mujeres podremos hacer frente al abuso es el amor a nosotras mismas. No sólo porque éste es indispensable para amar bien a los otros, sino también porque así podremos sentirnos dignas del respeto que efectivamente merecemos, y reclamarlo con el debido rigor conceptual y procedimental. Debemos reinterpretar el mito para ver en la figura de Eva un símbolo de la voluntad que hace a la fortaleza y faculta al libre albedrío. Para que la conquista de nuestra autonomía esté por fin inspirada en símbolos como la “niña sin miedo”, que se cuenta a sí misma –y al mundo entero- una historia alternativa, la de un arquetipo de mujer que en su humana vulnerabilidad encuentra esa fuerza que le permite sentirse auténticamente libre y empoderada. 




Respuesta de Leslie Ford, del Trinity College, en Oxford, a Magdalena


LA GRAN OPRESIÓN Y EL DÍA D


Querida Magdalena:
El debate sobre la situación de las mujeres, los arquetipos femeninos en la cultura y la tradición, el feminismo o el patriarcado, y hasta las leyes que se promulgan dentro de este arrebatado contexto, se ha convertido en un campo de batalla en el que lo único que se persigue es imponer la victoria de una ideología. Creo que define usted bien esta situación en la que se acalla “el juicio crítico en pos de la exaltación de la reacción emocional”.
Siempre que una conversación se convierte en un intercambio de gritos y golpes, y los participantes en improvisados (pero convencidos) boxeadores, pienso que habría que regresar al esquema medieval de las Quaestiones Disputatae
Imagínese usted una especie de charla TED en el siglo XIII, aunque con debate incluido. Lo más específico del método era la obligación que tenía el conferenciante de empezar su exposición atacando, del modo más serio posible, la tesis que él mismo había venido a defender. Era una manera de asegurarse de que habría diálogo y esfuerzo por entender, y no sólo activismo radical. (Un ejemplo famoso de esta metodología: al comenzar las famosas 5 Vías con las que se propone demostrar racionalmente la existencia de Dios, Tomás de Aquino afirma: Videtur quod Deus non sitParece que Dios no existe. ¡Eso es ponerse del otro lado y escuchar al adversario!)
Si entráramos en los debates y las discusiones con el ánimo de escuchar y meditar los argumentos ajenos, se seguirían grandes ventajas para todos. La más básica sería conocer que lo que nos separa de los que piensan distinto no es “todo”, sino simplemente “algo concreto”. Y que, si profundizamos en ese “algo”, a menudo sucede esta revelación: que nuestro desacuerdo es sólo aparente o que subsiste sólo parcialmente y bajo muy determinadas condiciones.
Más allá de la metodología del diálogo, su artículo me sugiere el siguiente comentario.
Dice usted: “Es indudable que la mujer ha sido tradicionalmente oprimida y desestimada”. Estoy de acuerdo. Es más: esa situación perdura hasta hoy y es inaceptable. Pero hay maneras más acertadas y realistas de decirlo, sin quitarle un ápice de gravedad o de compromiso.
El modo de decirlo no es irrelevante porque, en el discurso feminista radical, la mujer y el varón son arquetipos absolutos: la mujer-víctima es la buena de la película; el varón-victimario, el malo. Entre la heroína y el malo no hay posible compromiso. Esta corriente de pensamiento se llama técnicamente Maniqueísmo. Y es la lucha de clases llevada a un nivel aún más profundo. La mujer y el varón dejan de ser el mayor signo visible de comunión en el cosmos, para convertirse en enemigos. Y de esta manera se asume una visión pesimista, oscura y contradictoria de la creación.
Por eso, propongo cuidadosamente evitar los enunciados absolutos, esa forma manipuladora de hablar de “la mujer”. Por el contrario, referirnos a las mujeres reales, nos llevará a advertir realidades que el discurso feminista radical de la Gran Opresión tiende a ocultar. Sobre todo, a admitir sin complejos y con alegría la mutua dependencia entre varones y mujeres. ¿Cuál es el problema en reconocer que somos mutuamente interdependientes y necesitados unos de otros? 
Desde la perspectiva de lo que hoy, en esta página, consideramos juntos, “la mujer” no ha sido sólo ni principalmente objeto de la violencia machista, sino sobre todo del amor y la veneración de la contraparte masculina del universo. Los varones han pagado gustosos, en moneda dura, los costos de ese amor y de esa veneración.
Por citar un único episodio: entre los casi 10.000 soldados que murieron el 6 de junio de 1944 en el desembarco aliado en Normandía, no hubo ¡ni una sola mujer! Quizás el hecho encierre algún significado.
Es bueno que lo recordemos: el tan vilipendiado patriarcado no sólo es una sumatoria de bestias, abusadores y opresores, sino que ha producido también evolutivamente un ADN de generosidad  individual y colectiva en favor de la promoción y protección de las mujeres.

Por eso, le ruego que si algún día nos encontramos en el transporte público de Montevideo, me permita usted, sin enojarse, que le ceda el asiento. Me dará así una inmensa alegría.

sábado, 5 de enero de 2019

Cartas 31 y 32, Lavar los Platos, el Matriarcado y las Costumbres

LAVAR LOS PLATOS - WASHING THE DISHES
Por Leslie Ford, del Trinity College, en Oxford.

Dr. Ian Malcolm: 
Dios crea a los dinosaurios. Dios destruye a los dinosaurios. Dios crea al hombre. El hombre destruye a Dios. El hombre crea a los dinosaurios... 
Dra. Ellie Sattler: 
Los dinosaurios se comen al hombre: la mujer hereda la Tierra.
Parque Jurásico, 1993.

Querida Magdalena:
Terminaba usted su última carta expresando el deseo de pensar más. Yo, por mi parte, le robaba a Aristóteles la idea de una revelación -aunque luego una colega suya del All Souls College, que tiene la amabilidad de seguir nuestro intercambio, me ha dicho que mi manera de citar a Aristóteles es, cuanto menos, vaudevillian.
En fin, nunca creí que su deseo y el mío iban a coincidir tan tempranamente, pero así ha sido, debido en parte a las actividades propias del 1º de enero. No me he detenido a pensarlo mucho -y espero que ningún fellow del All Souls me lo eche en cara-, pero me atrevo a aventurar que la mayoría de los maridos pertenecientes a la familia académica, dedica gran parte del primer día del año a lavar los platos. (Y si no es así, al menos no estoy citando impropiamente a Aristóteles, lo cual convierte mi pecado en remisible. Si durante ese tiempo, además, algunas esposas duermen la siesta, es algo que dejaremos para otro análisis).
Lavar los platos. El volumen de platos sucios que puede llegar a acumularse en una comida de Fin de Año es algo que escapa a mi capacidad de comprensión, así que lo dejo a un lado, como cosa que requiere una inteligencia superior a la que me ha sido concedida por el Creador. Lo realmente significativo es que, en mi caso, cada una de esas piezas -los platos de sitio y los correspondientes a cada etapa de la comida: la entrada, el principal y los postres; las copas, los cubiertos y los vasos- forma parte de un juego de Christofle y de Barratt's que está en mi familia desde finales del siglo XIX. Cada cosita hay que trabajarla individualmente: no hay economías de escala. Y, con movimientos suficientemente reposados, hay que asegurarse de que nada se romperá, y que las maletas de madera laqueada donde todo se guarda llegarán vivas hasta la siguiente generación.
Enfrentado a una tarea así, un Bibliotecario inglés, tiende a rebelarse interiormente contra su destino. Quizás piense por un momento que, de haber nacido un par de generaciones atrás, no estaría ahora realizando actividades tan típicamente femeninas. Podemos suponer incluso que, haciendo un exceso, le eche de pasada una maldición a Simone de Beauvoir y a las feministas de todas las tendencias. 
Pero, si juzgo por mi experiencia de hoy, esos enojos duran poco. No lo sé: será algo en la esponja y en el detergente, algo en el agua tibia y en la espuma, pero a los pocos minutos, me encontraba yo atareado, pero no rabioso. Y -esto es lo esencial-, me encontraba yo pensando.
El contenido de mis pensamientos no es tan importante como el hecho mismo de pensar. Porque un pensamiento puede ser decepcionante, pero pensar es un acto que siempre vale la pena.
Lavar los `platos es como correr una maratón. El cuerpo y el alma se combinan para un ejercicio que parece meramente mecánico, pero los beneficios son también espirituales. Mientras el cuerpo hace lo suyo y se acomoda al ritmo de la tarea, a la mente se le ofrece un momento de claridad y sosiego. Y el Bibliotecario empieza a disfrutar del chorro de agua clara que enjuaga y salpica, del orden que se restablece, de la progresiva facilidad con que realiza los movimientos. Y hasta le hace gracia observar una cucaracha que ha muerto, patas para arriba, seguramente a consecuencia de haber sobrepasado los límites de ingestión de alcohol que recomienda el Gobierno. 
¡Qué maravillosas son -pensaba esta tarde- las tareas domésticas! Una cama tendida, una comida rica, la ropa bien planchada, producen directamente el bienestar de toda la familia… Pero si propongo elevar -como sugería Kant-, mi propia experiencia a regla de conducta universal, debería afirmar que este tipo de trabajos hace sobre todo feliz al que los realiza. Cuando se nos admite a lavar los platos, se nos da también la seguridad de estar en el mejor sitio y haciendo lo mejor que podíamos hacer por aquellos que amamos: ponernos a su servicio.
Pienso que el funesto Matriarcado en el que hemos vivido, nos ha privado generalmente a los hombres de un más frecuente acceso a estas tareas. Las mujeres se han reservado en exclusiva estos valiosos momentos de reflexión y beneficencia. Y de este modo han asegurado su dominio y superioridad sobre nosotros a través de los siglos.


Respuesta de Magdalena Reyes Puig a Leslie Ford


LAS BUENAS COSTUMBRES

Las costumbres hacen las leyes, las mujeres hacen las costumbres; las mujeres, pues, hacen las leyes.
Montesquieu



Estimado Leslie,

¡Veo que este nuevo año ha insuflado en usted aires auténticamente progresistas! No tanto por haberse encargado de lavar la ingente cantidad de platos sucios que corona la celebración del Año Nuevo (aunque la inusitada imagen de un bibliotecario inglés enjabonando un juego de loza Christofle bien podría inspirar en Woody Allen un guion cinematográfico entero), sino más bien por los pensamientos que brotaron de su mente mientras realizaba esta tarea. 
Como reza la máxima latina, Solvitur ambulando (“lo puedes resolver caminando”), muchos filósofos concibieron sus más grandes ideas mientras caminaban: Aristóteles y Nietzsche, al igual que Kant, Rousseau, Thoreau, y hasta el mismísimo Steve Jobs, conquistaron la mayor claridad intelectual a través del ejercicio mancomunado del cuerpo y el alma. Sin embargo, le confieso que hasta ahora no había sabido de nadie que hubiese alumbrado algún pensamiento significativo lavando platos enchastrados. 
Mientras leía su carta recordé mi época de estudiante en la Facultad de Humanidades.  En ese entonces era aún bastante raro que una mujer eligiera a la Filosofía como profesión, y no faltaron ocasiones en las cuales alguna conciencia recelosa se empeñara en hacerme sentir esa aparente inadecuación. La condición indispensable para ser filósofa era la renuncia a cualquier tarea abocada al cuidado o servicio de un otro que obstaculizara la entrega total a la contemplación profunda y desinteresada. 
Pero mi problema entonces era que, siendo una joven estudiante de filosofía, estaba ya no sólo enamorada, sino también segura de mi aspiración a vivir la experiencia de la maternidad.  Le mentiría si le dijera que no me cuestioné acerca de aquella incompatibilidad que descubrí instalada no sólo fuera –en la cultura- sino dentro de mi, como un prejuicio que me impedía congeniar mi deseo de ser mujer-madre con el de ser mujer-filósofa.  
Pocas cosas me resultan tan desafiantes como el combate contra un prejuicio introyectado. Y en la batalla por la superación de aquella incompatibilidad internalizada entendí que esa libertad que tan caro nos ha costado históricamente a las mujeres se conquista, fundamentalmente y antes que nada, en nuestro fuero más interno.  Pienso que gracias a ésta revelación pude obtener mi título de grado sin dejar de lavar platos, preparar mamaderas y cambiar pañales.
No se puede negar la incidencia de las condiciones externas: como bien dice Ortega y Gasset, “Yo soy yo y mi circunstancia”, y es claro que los obstáculos en mi camino hacia la licenciatura fueron “pan comido” en comparación con los que hubiera que tenido que enfrentar mi abuela hace 100 años en caso de haber deseado estudiar Filosofía.  Sin embargo, siempre tenemos a Hiparquía, quien en el siglo III AC consagró su vida a la filosofía formando parte de la escuela cínica junto a Crates, su marido y filósofo.  Ella representa un testimonio, entre otros tantos más, de que el patriarcado más virulento es el que llevamos dentro, y que la cultura se transforma a partir de los cambios internos, traducidos en actitudes y comportamientos que evidencian el carácter arbitrario de aquellas creencias tan alienantes como falaces.  
Sin embargo, no puedo concordar con usted cuando afirma que las mujeres nos hemos reservado el derecho exclusivo a las tareas domésticas con el objetivo de acceder a esos momentos de reflexión como el que gozó usted mismo mientras lavaba su loza Christofle. No porque las labores hogareñas no sean comparables a las caminatas de Kant o Jobs: ¡claro que que pueden serlo! Pero solo si son realizadas con la conciencia de que pueden ser compatibles con otras formas de expresión vital: que son valiosas porque no son excluyentes, ya que, como mujeres, hoy podemos optar por dormir la siesta porque nuestro marido, padre, hijo o vecino, puede lavar los platos sucios de la comida de Año Nuevo. 


Algunos podrán decir que su conclusión encubre un prejuicio típicamente patriarcal, yo prefiero creer que es usted un tipo inteligente, que ha sabido rodearse de mujeres de buenas costumbres. 



sábado, 29 de diciembre de 2018

Cartas 29 y 30, Sobre el Año Nuevo

ROCKY 2019
Por Leslie Ford, del Trinity College, en Oxford.

Querida Magdalena:
Cada año que comienza nos enfrenta a la pregunta sobre el futuro: ¿Qué será de nuestras vidas? ¿Quiénes seremos dentro de 12 meses? La pregunta puede parecer retórica pues ¿quién no elegiría la mejor versión de sí mismo, si pudiera? Pero una cosa es elegir esa versión el 1º de enero, y otra muy distinta, llegar al 31 de diciembre habiéndolo logrado. Bien afirma Frank Slade, en Perfume de Mujer: “Cuando, en mi vida, he pasado por encrucijadas… siempre supe cuál era el camino correcto. Sin excepción. Pero nunca lo seguí. ¿Sabe porqué? ¡¡¡Porque era condenadamente difícil!!!” 
Hablando de versiones y proyecciones de uno mismo, en su Poética, Aristóteles fue el primero en descubrir que la estructura de las narraciones nos podía enseñar mucho acerca de nosotros mismos, y que era por lo tanto una forma de autoconocimiento. Luego, muchos han creado paralelismos de ida y vuelta entre la escritura y la vida. ¡Recordará usted la célebre afirmación de Oscar Wilde de que la vida imita al arte! 
Le propongo, pues, que intentemos hacer de nuestras vidas una obra de arte, como si el 2019 fuera un argumento que estuviéramos llamados a escribir; eso, sí, siguiendo las clásicas etapas que plantean los expertos, y que aquí enumero para usted:
Paso 1: La Premisa: Escribamos, en una sola frase, el 2019 que querríamos para nosotros.
¿Qué es lo que nosotros, los héroes, debemos hacer?  ¿Hay algo en nuestras vidas que necesita ser cambiado?Pienso que tenemos tres opciones:
a) Estamos resignados a que todo siga igual. 
b) Nos damos cuenta de que seguramente muchas cosas van a cambiar, lo queramos o no, pero no sabemos qué hacer al respecto. 
c) Queremos nosotros mismos producir el cambio. No cualquier cambio. Sino el cambio que quizás se nos impone como un deber y una esperanza.
El héroe es el que sigue la opción c). Porque su vida no es perfecta y espera algo más grande que está esperando allí, en eso que llamamos futuro y que está adelante, no en la falsa seguridad de su pasado. Por eso, las premisas están, siempre, llenas de esperanza: ¿Será capaz Rocky -ese loser- de subirse al cuadrilátero y pelear por el campeonato del mundo de los pesos pesados?
Paso 2: Debilidad y Carencia: Identifiquemos, dentro de nosotros mismos, el defecto o la tendencia que se opone (y se opondrá) a la realización de la Premisa. Créame: la historia que nos propongamos escribir no dejará de realizarse porque un escuadrón nazi nos ataque con lanzallamas (aunque a veces tendremos que enfrentarnos a los malos), sino porque algo en nuestro interior nos aleje de nuestro surco y de nuestra tarea.
Paso 3: Deseo: Alentemos en nosotros el deseo de pelear. Lo interesante de esta etapa es que verifica que hemos entendido correctamente la Poética. Es decir, que no importa tanto que logremos realizar el punto 1, sino que todo se trata de que superemos el punto 2. Rocky no necesita ganarle a Apollo Creed, sino entrenar, subirse al cuadrilátero y pelear. Esa es su victoria.
Paso 4: El Plan. La etapa pensante. Con las últimas monedas que tenemos en el bolsillo, no compraremos una ametralladora para matar a los malos, sino un cuaderno Moleskine, una linda goma de pan, un sacapuntas de acero y un lápiz HB. Y escribiremos en una hoja de papel, lo que la inteligencia nos dicta: el 2019 paso a paso. (Mickey, el entrenador, protagonizado  fabulosamente por Burgess Meredith, encarna para Rocky la necesaria inteligencia y planificación).
Paso 5. La Batalla. Los héroes sentiremos dolor. Basta con recordar la cara de Stallone después de la pelea. Pero un pensamiento nos reconfortará: no nos fue mal porque quisimos pelear. Ahora sabemos que la cara nos la iban a partir en cualquier caso. Sólo que nosotros tuvimos la inteligencia de rentabilizar la paliza y convertirla en el precio con el que compramos la sabiduría. 
Paso 6. La Auto-Revelación. Estamos en diciembre de 2019. Si hemos seguido los 5 pasos anteriores, somos los felices protagonistas de nuestro argumento. Mas no porque hayamos ganado la Batalla -¡aunque quizás sí la hayamos ganado, oiga!- sino porque, en los términos del Punto 2, hemos conocido que el único enemigo que tenemos, y que debe ser vencido, somos nosotros mismos -o al menos, esa parte de nosotros mismos que el egoísmo y el miedo favorecen.
¡Muy feliz Año Nuevo, Magdalena!


Respuesta de Magdalena Reyes Puig a Leslie Ford

¡FELIZ AÑO NUEVO, LESLIE FORD!

Yo no soy lo que me sucedió. Soy lo que elegí ser.
Carl Gustav Jung

Estimado Leslie,
Alguien una vez comentó que los aficionados a la filosofía somos siempre platónicos o aristotélicos.  Entiendo que se trata de una disyuntiva bastante arbitraria ya que ambos fueron magníficos filósofos,  pero debo confesarle que la obra de Platón genera una resonancia en mi interior, algo que no logro experimentar ante el pensamiento de Aristóteles, salvo una clara excepción: su Poética. Ésta siempre representó para mí un lúcido elogio a la poesía y me enamoró ya en la primera leída. 
Su última carta me gustó muchísimo, fundamentalmente porque en ella rescata algunas de las ideas más fascinantes de aquella obra del Estagirita para consagrarlas a la vida cotidiana.  En efecto,  su invitación a hacer de nuestra vida una obra de arte coincide con la intuición aristotélica de que “la poesía es más profunda y filosófica que la historia”.  Porque mientras la historia narra lo ocurrido en base a hechos concretos particulares –y por tanto se remite fundamentalmente al pasado-, la poesía proyecta lo que podría ocurrir a partir de las decisiones que tomamos y las acciones que emprendemos, en medio de las circunstancias en las que nos encontramos implicados.  En versos de Jaime Sabines, “La poesía ocurre diariamente, a solas, cuando el corazón del hombre se pone a pensar en la vida”. 
Por otra parte, su referencia al héroe me recordó a Emil Cioran, para quien “el verdadero héroe combate en nombre de su destino, no en nombre de una creencia”.  Al pensar en la figura del héroe, por lo general imaginamos a un ser de virtudes excepcionales, exento de error y de moral intachable, alguien que combate a favor de un gran ideal ecuménico. Pero Cioran –y usted también, Leslie- nos arranca de esa idealización (en la que muchas veces nos amparamos para no asumir la responsabilidad de tomar las riendas de nuestro propio destino) para recordarnos que todos podemos serlo si nos decidimos a ser los artífices de ese cambio que nos disponga a vivir la vida que queremos.  
Invirtiendo el título de la brillante autobiografía de García Márquez, podríamos decir que, respecto a la propia vida, hay que “contarla para vivirla”.  De lo contrario, estaremos condenados a ser actores en una historia narrada por otro, como títeres que lamentan su circunstancia y destino, desde el confort de un no tener que alentar y disponer en nosotros el deseo de cortar los hilos que nos sujetan a nuestras inseguridades y miedos.  
En su Poética, Aristóteles afirma que en determinado momento todo héroe trágico experimenta esa revelación a la que usted alude en su último punto, pero no como resultado del toque mágico de una dadivosa hada madrina, sino por obra y gracia de un profuso padecimiento. En esos mismos héroes se inspiró también Nietzsche para catapultar su célebre sentencia: “Lo que no me mata, me hace más fuerte”.  Pero –y este es un detalle que suele pasar desapercibido- para que el sufrimiento nos fortalezca, primero tenemos que poder pensarlo como necesario, o al menos como relevante para la consecución de nuestro objetivo. Porque el dolor también nos puede matar, y lo hace no sólo cuando nos deja exánimes: entre shoppings,  Netflix, Prozac y templos donde reza “Pare de sufrir”, nos creemos capaces de rehusar al sufrimiento, mientras sucumbimos en la desidia de nuestra humana debilidad, sintiéndonos víctimas –y no responsables- de nuestras propias fatalidades.  
Para elegir la mejor versión de nosotros mismos debemos cuestionar a una cultura que identifica éxito con parecer satisfecho o realizado, y no necesariamente con serlo (de hecho, para ser hay que necesariamente parecer aparecer –feliz, claro está- en redes sociales u otros medios).  Por esto pienso que el desafío que nos propone para éste próximo 1 de enero es sin duda el más arduo, porque como bien sugirió Sócrates, “un conocimiento correcto conduce a acciones correctas”: el camino se hace al andar, es cierto, pero siempre y cuando caminemos pensando y eligiendo nuestros movimientos.  

Créame que no se trata de una mera deformación profesional, pero estoy convencida de que nos hace falta pensar más.


sábado, 22 de diciembre de 2018

Cartas 27 y 28, Cuento de Navidad

PIDO SILENCIO
Por Magdalena Reyes Puig

Si hubiera un poco más de silencio, si todos guardáramos silencio… tal vez podríamos entender algo.
Federico Fellini

Estimado Leslie,
En estas vísperas de Navidad quisiera reflexionar acerca del valor del silencio.  
Ya puedo imaginar su desconcierto, ¿por qué del silencio cuando la Navidad representa una ocasión para celebrar? ¿Acaso no es toda celebración motivo de animación y festividad?  Sí, sin duda.  Sin embargo, quisiera explicarle el origen de esta inquietud que afloró en mí a raíz de nuestro intercambio epistolar.  En efecto, uno de los beneficios más disfrutables que éste diálogo me ha deparado es el goce del silencio, tan necesario para la lectura de sus cartas como para la redacción de las mías. 
Un proverbio árabe expresa que “del árbol del silencio pende el fruto de la seguridad”.  Toda gran obra es dada a luz al resguardo del aturdidor bullicio; así, Leonardo da Vinci decía encontrar su mayor inspiración bajo el amparo del silencio.  En el silencio se proyecta la reflexión consciente y profunda,  gestadora de toda verdad.  El historiador y doctor en Filosofía, Yuval Noah Harari, da testimonio de esto; sus más descollantes ideas –plasmadas en las célebres De animales a dioses y Homo Deus- son concebidas en los retiros de silencio a los cuales asiste todos los años en Birmania. No en vano afirmó Nietzsche que los pensamientos que dirigen el mundo caminan en pies de paloma...
Pero la seguridad es una necesidad inherentemente humana, y entonces podemos inferir una cierta pertinencia universal en aquel atinado proverbio.  Así como no podemos “pedirle peras al olmo”, tampoco podemos encontrar certidumbre  en medio del estrépito. Pero debo confesarle que durante éstas últimas semanas me ha sido particularmente difícil sustraerme del ruido para tomar del fruto que nutre nuestro tan fecundo intercambio de ideas.  En medio de este alboroto típico de las semanas previas a Navidad, me encuentro añorando ese silencio que me permite disfrutar plenamente de este diálogo epistolar. 
No me malentienda, Leslie; entiendo que la Navidad representa una ocasión muy especial para la celebración.  Pero cualquier festividad que pueda concebirse auténticamente como tal necesita ser investida de cierto sentido, y la Navidad no es una excepción. 
Al comienzo de esta carta hice alusión a las vísperas, y no porque si nomás. Las vísperas hacen de preámbulo a la festividad y representan, así, un tiempo propicio para reflexionar acerca del sentido que motiva la celebración del preludiado acontecimiento.  Pero en la cercanía de Navidad los árboles del silencio languidecen bajo el abrazo luctuoso de hiedras trepadoras, pletóricas de guirnaldas que incitan al consumo atropellado. En medio de vidrieras y góndolas desbordadas, harto difícil es tomarse el tiempo para pensar y elegir el regalo justo para esas personas especiales con quienes deseamos celebrar la Navidad. A veces pienso que si un ser de otro planeta nos visitara en ésta época del año, bien podría pensar que nos estamos disponiendo a rendir culto a la deidad del consumo irreflexivo y desenfrenado. 
Creo que fue Woody Allen quien identificó a Dios con el silencio, pero el símbolo más formidable del poder que emana del recogimiento fue, sin duda, el genio de Beethoven. Allende a su sordera, Beethoven solía decir que su música era la encarnación del lenguaje de Dios, que le hablaba en el más profundo silencio. 
El silencio no es sólo una condición indispensable para poder reflexionar y tomar decisiones autónomas y significativas. El fruto de su árbol es un alimento para la espiritualidad, esa divinidad que –más allá de credos o ritos religiosos específicos- habita dentro de cada uno de nosotros, conectándonos con lo humanamente significativo.  
Para terminar, y a modo de allegro, no se me ocurre nada más sensible y sensato que invocar a Neruda con su bellísima petición de silencio: Pero porque pido silencio/ no crean que voy a morirme:/ me pasa todo lo contrario:/ sucede que voy a vivirme/ Sucede que soy y que sigo (…) Se trata de que tanto he vivido/ que quiero vivir otro tanto (…) Déjenme solo con el día/ Pido permiso para nacer. 


Respuesta de Leslie Ford, del Trinity College, en Oxford, a Magdalena

TAN DE VERDAD



Ha sido, ocurrió, es verdad.
Fue en un día, fue una fecha
que le marca el tiempo al tiempo.
Fue en un lugar que yo veo.
Sus pies pisaban el suelo
este que todos pisamos…
Y aquello que ella me dijo
fue en un idioma del mundo,
con gramática e historia.
Tan de verdad,
que parecía mentira.
Pedro Salinas

Querida Magdalena:
Abro mi respuesta con algunos de los versos de uno de los poetas preferidos de María, mi mujer. Siento que le debo el homenaje de esta poesía navideña, a ella que me enseñó la Navidad.
No quiero parecer exagerado y, menos aún, ingrato hacia el espíritu de la Navidad inglesa en el que, después de todo, crecí. Aún hoy recuerdo con alegría el Oficio de este día, el uso del Book of Common Prayer, las lecturas entrecortada por los himnos venerables y rigurosos. Aún hoy me emociona escuchar al Coro del King’s College (y eso que es de Cambridge) cantar los Carols. Y sigo pensando que nada -ni siquiera la nieve, con la venia de E.E. Cummings- es más adecuado a estos días de diciembre, que la profunda lectura de la Canción de Navidad de Charles Dickens. Ni siquiera la nieve, he dicho; ni las campanillas que suenan al final de Qué Bello es Vivir porque Clarence ha ganado sus alas.
Pero la Navidad no era para mí, quizás, más que un decorado: un poco de nieve y de nostalgia, unos fotogramas en blanco y negro, y unos días de vacaciones con buenos libros. Hasta que conocí a María, nunca había sentido que yo tuviera algo que ver con ese decorado. Inglaterra es, por cierto, históricamente recelosa de los “decorados” de la Navidad: no somos muy del Club del Pesebre. Debe usted recordar, Magdalena, nuestra tradición puritana, iconoclasta, que pretendidamente quería preservarnos de toda esa imaginería sensiblera un poquito idólatra (a juicio de ese mismo puritanismo). Hacia 1600, reinando la primera Reina Isabel (la hija de Henrique VIII y Ana Bolena), se llegó a publicar un Decreto (la Bethelem Ban) que prohibía, bajo pena de muerte, el armado y exhibición de Pesebres navideños.
Pero esa prohibición no ha prevalecido, y María, mi mujer y traductora, pudo traer desde Madrid, con su ajuar de recién casada, un juego de pequeñas esculturas, representando a cada uno de los personajes de Belén. Cuando llega diciembre, igual que a Truman Capote le gustaba hacer dulces y remontar cometas, a ella le gusta componer -ayudada de nuestros hijos- el Pesebre en el hogar de la chimenea. Así que, cuando anocheciendo llego a nuestra casa, junto al río Cherwell, en estos días, ya sé que en el salón encontraré las luces bajas, con la excepción de un suave resplandor sobre el rostro de la Virgen María que mira al Niño Jesús en el pesebre -un pesebre con pajitas de verdad, s’il-vous-plaît
Una tarde de diciembre de hace ya muchísimos años -yo creo que debíamos de ser recién casados- volvía yo a casa del trabajo. (No vivíamos todavía en Oxford, sino en el cottage que nos habían cedido mis padres en Campden Hill Road, en Londres). Durante la subida, desde la estación de High Street Kensington, una ventisca de nieve me había perseguido implacable. Tenía frío en las manos y en los labios, y me sentía tenso y fastidiado. Pero, a pesar de ese estado de ánimo poco favorable hacia lo espiritual, mientras abría y cerraba la puerta lo más rápido que podía, pues temía que el frío se nos colara en casa, noté un silencio especialmente intenso. Hasta ese momento, yo nunca había asociado el silencio con el espíritu, quiero decir con mi espíritu. Pensaba en el silencio como en un espacio vacío que estaba llamado a llenar con mis palabras y con mis gestos. Sin embargo, aquel silencio era distinto: estaba lleno - aunque yo todavía no sabía qué era lo que lo llenaba. Y el contenido me estaba destinado: era como una carta que yo estuviera a punto de abrir. 
Algo sorprendido, me sacudí los restos de nieve del pelo y del abrigo y entré en el salón. Y entonces vi a María, mi mujer, sentada frente a la chimenea. Ella miraba muy tranquilamente a la otra María que había en el cuarto: a la Madre del Niño recién nacido, en el Pesebre. El silencio se hizo música. El sobre se abrió. Y me fue entregado este mensaje: “Esto ha pasado de verdad. Dios se ha hecho hombre. Esto es la Navidad”. Como en el verso de Salinas que yo todavía no conocía.
De ese modo seguí a mi mujer y traductora por el camino de la Navidad -como un místico barato, pues en eso no he cambiado.


Permítame, querida Magdalena, expresarle mis mejores deseos para usted y para su familia. Y, pues ha pedido silencio, que Dios le conceda una Feliz Navidad.


Cartas 35 y 36, Oportunidad y Redención

EL PRINCIPIO DE OPORTUNIDAD Por Magdalena Reyes Puig ¿Quién no aprovecharía la oportunidad de redimirse? Paul Auster Estimado Le...